Yo soy del Ascenso!

Sábado 12 AM. Un cosquilleo recorre el cuerpo, que consume el almuerzo sin degustarlo, frente a miradas familiares que lucen ajenas a la previa de una rutina única e intransferible. Faltan todavía tres horas para que empiece el partido, pero ya el reloj biológico se las arregla para inmunizar el espíritu contra todo estimulo que no tenga aliento a fútbol, en una suerte de autismo pre-ceremonial. El subconsciente murmura melodías populares en clave futbolera: “Somos los mismos de siempre, que te seguimos a dónde vas…”, pero nadie los escucha. Mientras se contestan obviedades ante preguntas rutinarias de hermanos, primos, esposa, etc., el subconsciente sigue analizando alternativas. Se especula con posibles resultados en otras canchas, se maldice la derrota de la primera rueda frente al rival de este sábado, “pero esta vez va ser distinto…”, claro. Son los síntomas inequívocos. Es la misma fiebre de todas las semanas incurable. Impermeable a cualquier diagnostico racional. A lo lejos se ve llegar un micro pintado de fanatismo. La gente “común” lo ve pasar. No entienden de que se trata, ven banderas cuyos colores no reconocen, escuchan cánticos indescifrables, referencia y/o apodos desconocidos para su cultura futbolera / dominguera. El micro va. Hinchado de orgullo barrial. Busca una canchita suburbana que pone a prueba el más audaz espíritu expedicionario. Nadie sabe cómo, pero luego, y toda la carga emotiva corporizada en “hinchas de fútbol de ascenso”, esa raza inexplicable, se instala donde puede, luego de haber sorteado escolios insalvables (policía pesada, hinchas rivales que no comulgan con el fair play tribunero, tablones que consumieron su vida útil hace alrededor de 25 años).

Insalvables para cualquier ciudadano “normal”, de esos que pagan puntualmente su abono a la platea dominguera. ¿El Partido? 0-0. Un bodrio. Le pegaron de punta y para arriba los 90 minutos. , Pero sensibilidad del hincha sabatino esta curtida para soportar aun males peores. El regreso multiplica los peligros (siempre hay alguien en una esquina perdida dispuesta a despedirte con una piedra) Pero no puede impedir el desvanecimiento de la adrenalina previa. Algo así como -salvando las distancias – la depresión posparto. Claro que si se gano el clásico, a la vuelta en casa habrá (por un tiempito, hasta que la responsabilidad tribunera obligue a pensar en el próximo rival) derroche de jovialidad para todos. Solo los más allegados sospecharon que fue un bochazo del once en el último minuto o una salida en falso del arquero de ellos en tiempo de descuento la causa real de semejante despliegue de simpatía. Y si se perdió… ¿Cómo lograr que alguien más en el mundo, la novia, el almacenero, la vieja – comprenda la naturaleza y el significado de esa amargura de sábado a la tardecita? A quien le va a explicar uno que en la cancha de Laferrere el “lineman” se comió un offside más grande que la casa rosada, que el nueve de nuestro equipo “pateo” con el tobillo porque la pelota pico en un “cráter” dentro del área chica, que el cuatro de ellos pego como un gurka, que “ya van a ver cuando vengan a casa el campeonato que viene”, que… ¿Dónde es la próxima fecha? En Flandria. Cien kilómetros, poco más, poco menos, Sino ponen micro habrá que tomar colectivo, tren, trasbordo y bicicleta, pero la ilusión del ascenso esta a la vuelta de casa esquina, transformando a los escavos geográficos en insignificantes detalles operativos. Ni siquiera acreditan la tipificación de la palabra “sacrificio”. Quien podría asumirse como un sacrificio, sino existe placer más grande que el sufrimiento por los colores de siempre.

Fuente: Sábado, Fútbol de Ascenso

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